Nuestro particular Camino de Santiago

Hay quien recorre el campus stellae por penitencia, por encontrarse consigo mismo, por devoción, por curiosidad cultural… Muchos se marcan el objetivo de realizarlo en un tiempo concreto o de hacer los mínimos kilómetros posibles para que puedan recibir la Compostela.

Por mi parte, harta del bullicio del postureo, del lo vivo para poder decir que lo he hecho, no porque lo esté viviendo de verdad y otros escaparates semejantes, lo hago para poder estar más tiempo con la mejor parte de mi ser, mi hermana y mi madre, y para poder impregnarme de cada persona, historia, aventura y locura que se cruce en nuestro camino.

Ninguna de las tres somos caminantes experimentadas, que va. Por las oleadas de calor que estamos viviendo últimamente, somos más de tirarnos en el sofá a ver alguna serie con un RedBull hasta altas horas de la noche y a la mañana siguiente ser zombies vivientes hasta que cae el sol.

Es por eso que no podíamos hacer el camino como la gente normal.

Indagando un poco, descubrimos la Basílica de Santa María, la iglesia más antigua de mi querida ciudad, Alifornia. Por suerte, vivo a pocos minutos del centro y pudimos ir a ver la gran sorpresa que nos iba a marcar el punto de partida de nuestra aventura, pues el camino empieza en la puerta de cada uno, y el nuestro, empezaría junto a la vieira de mármol, con un metro de diámetro, que marcaba el kilómetro cero del Camino de Santiago del Sureste. Tras salir por el portón, y pese a que habíamos entrado hacía escasos minutos, nos teletransportamos a un universo paralelo en el que de la nada aparecían los baldosines con flechas amarillas que guiaban el camino. Como si de una pantalla de alguna macizorra de videojuego de los 90 se tratara, íbamos caminando y buscando la siguiente señal con ahínco y determinación.

De pronto, la BSO de una película de culto infantil invadió las calles del casco antiguo de Alicante. La gente, los idiomas, los olores de las comidas de los diferentes restaurantes, se entremezclaban con las notas de aquellas dos músicos que producían una sensación de efervescencia emocional y gratitud, por ser capaz de sentir y valorar esos efímeros instantes en los que te percatas de la belleza del mundo, sin medirla, sin juzgarla, solamente observándola y sintiéndote privilegiado por ello.

[Quizás me he pasado de trascendental y a muchos os parecerán palabras bonitas vacías de sentido, pero creo que es importante darnos cuenta de esos momentos en los que no existe nada ni nadie y a su vez existe todo en un único momento, para anclarlos en nuestro interior]

Aquella tarde fue la que nos empujó a decidirnos a llevar a cabo nuestro viaje. Fue entonces cuando fuimos a la Asociación de Amigos del Camino de Santiago para poder pedir la credencial que sellaríamos en cada etapa que fuéramos realizando.

Allí conocimos a un encantador personaje que, Cami, había realizado el camino como nosotras habíamos pensado: los fines de semana que se pudiera, haríamos pequeñas etapas y volveríamos a casa, de Alicante a Orito, de Orito a Villena, de Villena a Yecla… De esta forma, acabaríamos haciendo más de 1.100km, que son los que componen el camino del sureste, pero lo haríamos pudiendo conocer y disfrutar de nuestros pueblos, del paseo, de su gente… y sin un reloj que marcara la hora de volver a casa. Con suerte, para el próximo año de Xacobeo, ya tendríamos el camino hecho y podríamos ir a Santiago a por nuestra Compostela.

Este amigo, nos contó su experiencia, la cual compartió en su blog De Elche a Santiago. La conversación con él fue verdaderamente intensa. Cuando conoces a alguien así, después necesitas un tiempo para asimilar el chute de energía que te provoca.

Cogimos nuestra credencial y fuimos de nuevo a la Basílica de Santa María a que nos pusieran el primer sello.

Creo que todavía no somos conscientes de por qué queremos hacer el camino. Y estoy segura de que nos deparará grandes momentos e historias que guardar en nuestra memoria.

Seguiremos relatando cómo nos recibe el camino y la forma en qué dejamos atrás el tiempo urbano para vincularnos a un tiempo nuevo.

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