¡Hasta la vista, Madrid!

Tengo una pequeña libreta, con una espiral y tapas duras. En la portada tiene a una motera Pin Up un tanto fuera de control, con una expresión de sorpresa y un, ¡OMG! ¿Qué va a pasar!?

En ella escribo de vez en cuando, no como un diario, sino como una actualización de mi estado del ser. El grosor o finura de mis cejas, cómo de rubia soy en ese momento, en qué ciudad o casa estoy viviendo… Y si soy o no feliz.

Esta libreta lleva conmigo varios años. La compré con mi hermana en una feria que hicieron en Alicante y estaba hecha a mano por un taller ocupacional que hay en mi ciudad. La primera hoja está escrita el 1 de enero de 2016. Y para mí, que siga conmigo, es muy especial, pues como amante de las moleskine y las libretas cuquis en general, tengo mil millones de ellas, con mil y una ideas que llenarán sus páginas. Pero siempre acaba pasándome lo mismo: voy arrancando las hojas de proyectos pasados para ir añadiendo nuevas líneas, y así sucesivamente, hasta que la libretita acaba quedándose sin hojas.

Las últimas páginas escritas son del 17 de febrero de 2018. En ellas escribo algo que quizás no hacía falta irme a 420km de distancia para darme cuenta, pero que ahora soy más consciente que nunca. Lo importante que es mi familia, estar cerca de los míos, de mis playas y mis palmeras mecidas por el sol. Lo que me llena de vida y me hace ser quien soy, esa chica de la eterna sonrisa que se evapora con los dientes de león que suelen navegar por los cielos levantinos. Si algo he aprendido en los últimos meses es que hay cosas que no quiero que cambien nunca, aunque aparezca un gran trabajo, una gran persona o una gran oportunidad.

No era la primera vez que me iba a vivir fuera de casa, pero en Madrid he sentido lo que es estar sola, SOLA. Normalmente lo desconocido me va bien, suele ser estimulante y valoro mucho las cosas fascinantes que ocurren día a día. Pero tener que lidiar con presiones innecesarias, con estados de salud dudosos, con momentos de bajón total y poner buena voz por teléfono para que ninguno de los míos sufriera… No vale la pena. No vale la pena estar echando de menos algo y que lo estés sacrificando por algo que no termina de ser para ti. Pese a esto, cada una de las cosas “menos buenas” que me han ido ocurriendo a lo largo de estos meses me han servido para seguir modelándome. Aunque me dañaron, no significa que esté rota. Aunque en su momento no las entendí, hoy las utilizo para superarme y buscar nuevos horizontes.

Pero a pesar de que para mí Madrid está en escala de grises, también he aprendido mucho. Y soy feliz por ello. Una de las cosas que más hondo me ha calado es que cuando llegué aquí, conocí un ave que era nueva para mí. El Eurasian Magpie, una especie de urraca que ha aprendido a sobrevivir en la vorágine del mundo que ha creado el ser humano. Me fascinó desde la primera vez que vi que abría sus alas y su cola, con sus plumas de color azul tinta llenas de destellos blancos y verdes. Es curioso como cada vez que estaba viviendo alguna experiencia que, quizás, podía parecer banal o pasar desapercibida, en seguida escuchaba su canto o se me cruzaba una por delante, y era como si me diera un toque de atención para que valorara y agradeciera ese instante. Ese aquí y ahora. Y en esos momentos, mi superpoder pasaba de ser que me rio como una bocina de barco a sentir que tenía una super-percepción que me permitía degustar ese momento ínfimo en el tiempo pero que a su vez me producía una enorme felicidad.

Sé que ya no soy la misma persona que vino a finales de mayo a probar suerte por un mes y a ver qué pasaba. He conocido a personas que me han inspirado a querer actualizarme a una versión mejorada de mi misma. Además, el último mes he podido tomármelo como un KitKat en el que única y exclusivamente he cuidado de mí. Mi cuerpo llevaba tiempo pidiéndome a gritos que lo hiciera. Y esta fue la mejor oportunidad.

Valdemoro ha sido para mí un refugio de toda esa locura que es Madrid. Poder salir con la bici y perderme por sus zonas verdes. La gente, tan amable y auténtica que hay aquí. Desde la mujer del café Vintage de debajo de mi casa, pasando por el autobusero que me recogía todos los días en la estación de tren y la dependienta del DIA. Todos han hecho que mi estancia aquí fuera única y especial.

Como en este tiempo he conocido a muchísimas personas, no las nombraré una a una porque se haría eterna esta entrada. Pero sí que quiero daros las gracias a todos los que habéis pasado por mi vida durante estos meses. Porque, aunque nuestra relación haya funcionado o no, seguro que he aprendido algo y lo llevaré conmigo para siempre.

Y cómo no, gracias MADRID. Ha sido genial conocerte y no será la última vez que nos crucemos.

 

¡Hasta la vista!

 

P.D: Cualquier etapa que acaba trae consigo un nuevo comienzo, y el mío viste de azul, sabe a sal y me alborota el pelo.

 

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