En el metro

Hoy ha sido mi quinto día en Madrid. No voy a contaros cómo me flipa el sonido de los semáforos (que parecen rayos láser), ni lo geniales que son aquellos rincones que, a menudo, pasáis por alto los que habéis nacido aquí.

Tampoco os voy a contar cómo ha sido el día de hoy, y no porque no haya estado lleno de emoción, cambio, evolución y aprendizaje; sino porque tras nosecuántashoras en el Freeland y otro par en un evento de diseño web, me ha pasado algo realmente… [ya encontraré la palabra en otro momento].

Cuando volvía del evento que comentaba, justo en la parada de metro que me tocaba bajar, ha llegado a mi vagón un hombre menudo, que portaba consigo un sinfín de pulseras y abalorios trenzados cuidadosamente, tejiendo una perfecta y preciosa trenza de marroquinería. Sé que, por desgracia, son muchas las personas que deambulan horas y horas en el metro contándonos sus miserias en un tono que ya casi se hace imperceptible, bien sea por el cansancio de las condiciones en las que muchos de ellos viven o bien porque están cansados de escucharse una y otra vez con el mismo sermón.

Pero Joan era distinto. Joan, nos dio las buenas noches, se presentó y empezó a contarnos una historia. En ese momento, nadie fue capaz de responderle a ese saludo ni tan si quiera dirigirle la mirada, supongo que por miedo a que se le acercara a ofrecerle algún producto de los que había fabricado. Le dije que se sentara a mi lado, y que, aunque fuera mi parada, quería comprarle alguno de sus productos. Me insistió en que bajáramos en la mía, y así fue.

Supongo que conoceréis el famoso “ciclo de la vida” del Rey León. Pues bien, hace unos años, cuando adoptamos a mi primer gatito, nos dimos cuenta que, en su pelaje, se dibujaba una perfecta espiral que se difuminaba entre los distintos tonos de blancos y naranjas que conformaban su piel. Desde entonces, mi hermana y yo tenemos el símbolo de la espiral como un símbolo que nos une, en ese círculo infinito, y que eleva la realidad a un nivel superior, ya que dejamos la concepción del tiempo lineal tal y como la conocemos para sumirnos en un tiempo y, sobre todo, una memoria, en forma de espiral.

Cuando Joan bajó conmigo del metro, me contó que tenía una pequeña de 10 años que lo ayudaba con las pulseras. Que su mujer, a la que quería mucho y que llevaban juntos más de 14 años, era la que trabajaba el cuero con el que las hacía. De pronto, entre tanta trenza y tachuela, vi un símbolo: un círculo infinito: esa pulsera debía venirse a casa conmigo.

Mientras me hacía un estratégico cierre para que pudiera quitarme y ponerme la pulsera para no estropearla con el agua, siguió contándome, que era el mayor de 4 hermanos, que su lugar natal era Badajoz y que tenía mucha suerte en la vida de tener la fuerza y el coraje de no quedarse en casa y ser capaz de salir a vender sus pulseras, aunque al principio le diera corte, pero que al final consiguió lanzarse al vacío recurriendo a su desparpajo y gracia que había logrado en sus años como camarero.

Le pregunté si tenía otra con aquel símbolo, porque yo cuando compro algo, no suelo comprarlo sólo para mí. Suelo comprar uno para mi hermana, otro para mi madre y luego, otro para mí. Me dijo que no, pero que a mí me hacía la pulsera que quisiera por encargo. Pero que como no tenía móvil desde hacía meses, que bueno, que podría dejármela en algún sitio escondida para que la recogiera y ya el karma se lo recompensaría por otro lado.

¿Cómo era posible que alguien que no tenía prácticamente nada, salvo coraje y una preciosa sonrisa, me diera, sin pedir nada a cambio lo único que podía hacerle ganar algo de dinero para subsistir?

[…Vuelve a leer esta pregunta y reflexiona…]

El lunes a las 21:00h he quedado con él para que me traiga la pulsera de cuero morada, con una espiral trenzada, para mi hermana.

Souvenirs así, sí que tiene sentido regalar.

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